EL DIFÍCIL ARTE DE SOSTENER LA CULTURA Y EL DESARROLLO EN TIEMPOS DE BOLSILLOS FLACOS
Editorial
La reciente primera edición del Concurso de Pollo a las Brasas local dejó un balance que obliga a encender las luces de giro y ponernos a reflexionar. Por un lado, el evento fue un éxito de organización: el esfuerzo coordinado entre la comuna y el club de nuestro pueblo demostró que, cuando hay compromiso comunitario, las cosas se hacen bien. La vara quedó alta, altísima, sostenida por una cartelera artística de primer nivel que, en cualquier otro contexto histórico, hubiera desbordado las expectativas de asistencia.
Sin embargo, la realidad económica actual impuso su propio libreto. Aunque el precio de las entradas se pensó con un criterio de accesibilidad, la frialdad de los números domésticos terminó mandando. Según datos oficiales, siempre optimistas, la asistencia fue de 1300 personas. Hoy, para una familia tipo, cruzar la puerta de ingreso al espectáculo implica un gasto base de $20.000 solo en ingresos para los adultos. Si a eso se le suma el legítimo derecho de un chico a pedir un juguete o algo para comer, el piso se eleva rápidamente a $30.000.
Podrá decirse, con cierta liviandad urbana, que $30.000 "hoy no es nada". Pero, donde el mango se estira hasta dar lástima, esa cifra representa un abismo para muchas economías familiares. Muchos hacen el esfuerzo ciego de ir igual, priorizando esa necesidad tan humana y urgente de distracción y esparcimiento, para después ver cómo emparchan el resto del mes. Otros, directamente, se tuvieron que quedar afuera. La respuesta del público estuvo, sí, pero el vacío de las expectativas iniciales es el fiel reflejo de una recesión que no da tregua.
Este escenario expone una verdad incómoda pero ineludible: espectáculos de semejante magnitud son utópicos sin la inyección económica del Estado provincial. Y esto no se limita únicamente al brillo de un escenario festivo; es una lógica que cruza transversalmente a todos los órdenes de la vida pública.
Hoy, las comunas, municipios e instituciones intermedias de nuestros pueblos enfrentan una encrucijada alarmante. Con una coparticipación en caída libre y una recaudación local asfixiada por el desplome de la actividad económica, los gobiernos locales corren el riesgo de convertirse en meras ventanillas de pago de sueldos. Sin el auxilio de partidas extraordinarias, la obra pública esencial —viviendas, pavimento, cloacas, gasoductos o acueductos— pasa de ser un plan de gestión a un ejercicio de ciencia ficción.
En nuestro departamento, esa ingeniería de recursos tiene un nombre propio y un método conocido. La infraestructura y el despliegue cultural actual dependen de una gestión de cercanía que oxigena permanentemente las arcas locales. La pregunta del millón, esa que sobrevuela silenciosa en cada brindis de inauguración y en cada cierre de festival, es inevitable: ¿qué pasará el día que esa canilla de recursos gestione otra firma? ¿Cómo harán nuestros pueblos para sostener el crecimiento y la identidad cuando la política del subsidio y el apoyo directo cambie de manos o de humor?
La fiesta demostró que sabemos trabajar y que la comunidad tiene sed de encontrarse. El desafío del futuro inmediato será encontrar la vuelta para que el desarrollo y el disfrute no dependan siempre del buen vínculo político, sino de una estructura económica propia que vuelva a hacer sustentables a nuestras comunidades.
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